martes, 9 de octubre de 2018

Pekín


Encontrar a Any en pasillo de salida del aeropuerto internacional de Pekín fue el éxito consumado; así se sentía pisar otro continente, así era tener razón. Aquella era la primera piedra sobre piedra de nuestro viaje por el Transiberiano ruso, un deseo que hasta hacía no mucho parecía quimérico. Ella, Any, nos recibió a mí y a Lupita con una amplia sonrisa que nos revelaba que, por su parte, sentía algo muy cercano a la felicidad. Any había llegado un día antes a Pekín por desfases en los tiempos en que adquirimos los boletos de los vuelos; de esta forma, ella había hecho escala en Europa y nosotras en Canadá y, aunque nuestras rutas habían seguido trayectorias contrarias, al final se habían encontrado, demostrando por millonésima ocasión que la forma del planeta es esférica. Y es que, habíamos salido con muy pocas horas de diferencia del aeropuerto de Ciudad de México, pero por cosas de los husos horarios y la Línea Internacional de Cambio de Fecha, Lupita y yo habíamos llegado un día más tarde que Any.
Yo y Lupita dudábamos que de que Any, la más joven e inexperta de las tres, pudiera con la sensación de estar sola durante veinticuatro horas en un país extraño, donde no conocía a nadie y no se hablaba español, por primera vez en su vida; pero lo había hecho bien, bastante bien. En el trayecto mediante el metropolitano de la nueva capital económica mundial, Any parecía nuestra guía de turistas y no la novata en eso de viajes continentales. En un día había aprendido tanto sobre cómo funcionaba la ciudad de Pekín que, aquella insegura y asustada estudiante de geografía recién entrada en sus veintes, me parecía una persona nueva de tanto entusiasmo que derramaba. Y eso me hizo sentir positiva, una especie de confirmación de que el cielo estaba con nosotras.
Lupita era la "hermana de en medio" del grupo: ya era geógrafa por pergamino y ya había publicado un artículo en revista internacional indexada, empezaba a abrirse camino en aquel mundo extraño que sus propios habitantes llamaban la academia. Comenzaba a tomar la seguridad de una profesional y por ello me perturbaba que, por razones que ella explicó mil veces pero que ninguna comprendió esas mil veces que las explicó, no se hubiera decidido a realizar el Transiberiano. Así era, Lupita solo nos iba a acompañar hasta Pekín pues su plan era volver luego de diez días en la capital de China.
Yo por mi parte, era más arrogante que nunca pues había triunfado en aquello de acomodar fechas, lugares y horarios; en eso de organizar trámites, visados e itinerarios de vuelo. Había, en resumidas cuentas, hecho empatar el sueño de un viaje con la experiencia empírica de la vida misma. Así, el tiempo estaba calculado, no hacía falta dinero y solo había algunos pequeños misterios en el viaje como el punto exacto por el cual cruzaríamos la frontera entre China y Rusia, detalles sin importancia en medio de tanto logro.
Por otro lado, yo siempre había sido una roca inerme en cuanto al cultivo de relaciones humanas se refiere. Solitaria, reflexiva, pocas palabras y un trato despectivo hacia mis emociones fue siempre mi firma sobre el lienzo de la vida. Y eso me servía en mis viajes: cuando estaba sola rodando en mi bicicleta por la carretera, acampando desguarnecida durante la noche o vagando por las calles de distintas ciudades en diferentes latitudes, era bueno ser un tanto antigregaria. Pero en esa ocasión, la del Transiberiano, me acompañaría Any, una personalidad justamente opuesta a la mía.
A Any la había conocido unos años antes a las puertas de la biblioteca del Instituto de Geografía de la Universidad en Ciudad de México. Ella era todavía estudiante de licenciatura mientras que yo ya había egresado y laboraba realizando cartografía exprés para el mercado editorial de los libros de texto escolares. Ella comentaba a otra compañera de su generación su preocupación de no saber si había errado en su elección de carrera al elegir geografía en lugar de diseño gráfico. Al escuchar eso yo relacioné mi necesidad de personal para elaborar mapas con su dilema. Me acerqué a ellas y le ofrecí a Any trabajar en nuestro equipo. Y fue genial. Elaboramos cientos de mapas juntas durante ese periodo y en ese proceso lleno de color, escalas y coordenadas fue que se forjó una relación que superó diferencias, malentendidos y conflictos. No tengo presente en la memoria el momento exacto en que le sugerí que viajara conmigo o si ella fue quién lo apuntó, lo que sí tengo presente es que para Diciembre del 2013 ya teníamos el bosquejo de la ruta y que soñábamos con ese recorrido legendario para todo viajero: el Transiberiano, el tren de los zares, el de las leyendas, el recorrido que pocos habían experimentado pero que era ampliamente mencionado en todos los blogs y redes de viajeros del mundo, el mítico tren Transiberiano.
Así, esa primera mitad del año 2014 nos la pasamos buscando información, armando rutas posibles (e imposibles) y tramitando visas y pasaportes. El dinero saldría de las regalías de uno de mis últimos libros de texto para estudiantes de secundaria más lo que lograra juntar Any por su cuenta. Lupita llevaba su propio presupuesto para sus días en Pekín. Dormimos una noche a la intemperie a las afueras de la embajada de China en México y pagamos una alta cuota tan solo por cambiar de avión en Canadá (en ese entonces los mexicanos necesitaban visa para pisar suelo canadiense, así fuera solo el de la sala de estar de sus aeropuertos).
El pretexto del viaje lo daba la vida académica en la que Lupita y yo ya estábamos suficientemente involucradas, ya que habría una conferencia internacional a principios de junio en Pekín y luego yo debía estar, a principios de agosto, en Viena, Austria, para una estancia estudiantil de un doctorado que nunca logré terminar. En vez de asistir a Pekín, regresar a México y pasar el verano en mi casa, decidí que lo mejor era pasar aquel estío recorriendo Asia. En Pekín pasaríamos trece noches antes de comenzar la peregrinación por las estepas rusas.
Any entonces venía haciendo de guía de turista en el metro de Beijing. Ella nos indicó que debíamos bajar del tren en la estación Qianmen. En esa parte el metro era subterráneo así que por unas escaleras que daban a la superficie salimos del inframundo chino, que era muy similar al metro de la Ciudad de México en sensaciones, prisas y aromas de cuerpo humano, y cuando salimos vimos esas puertas… aquello fue un recibimiento a la altura de una ciudad todavía digna del Emperador chino, eran las monumentales puertas de Zhengyang, una muralla de ladrillos de roca de casi diez metros de alto coronadas por una especie de pagoda de tres niveles que completaba sus 42 metros de altura totales. En el pasado era la puerta principal de la ciudad imperial que en aquel entonces estaba amurallada (hoy las murallas ya no están) y en el presente era el regalo que Pekín le daba a nuestros ojos. Y es que ver esa puerta, tan distinta a lo que habíamos visto antes, nos llenó de una vibración muy especial, la de la aventura.
Seguíamos a Any aunque volvíamos constantemente la mirada hacia aquella puerta; ella, Any, ya se la había comido con los ojos unas horas antes y nos observaba satisfecha, era la comprobación de su propia emoción. Caminamos por la avenida Meishi por cuyas aceras caminaba un mar de gente con ojos rasgados y por cuyo pavimento se estresaba un tráfico casi tan caótico como el de nuestra actual Tenochtitlán. En esa avenida abundaban los puestos de comida y restaurantes. Any nos confesó que todavía no se había atrevido a comer nada de esa, para nosotras, exótica oferta de alimentos. Los aromas eran múltiples y despertaban el apetito.
Luego de unos metros llegamos a nuestro hostal que era una torre de cinco pisos en color gris con ventanales sobrios y hasta rígidos. Al edificio se ingresaba por un costado a través de una puerta de vidrio y estructura metálica en color rojo con unas escaleras de cantera gris como base. Unos leones chinos de piedra colocados uno de cada lado de la escalera, parecían custodiar aquella entrada. En el costado izquierdo, un muro de ladrillos oscuros sostenía un letrero de fondo rojo con letras chinas en color amarillo que yo suponía decían el nombre del establecimiento. Ya adentro, en la recepción, unas empleadas que sí hablaban inglés, nos asignaron nuestra habitación que era compartida con otros viajeros. Había un solo baño para aproximadamente ocho huéspedes posibles.
En aquel momento, nuestra habitación estaba habitada por una pareja de jóvenes extranjeros, pero el primero que se acercó a saludarnos esa tarde fue un muchacho originario de Mongolia, de unos veintitantos años de edad, bien vestido (por eso le llamamos entre nosotras el Príncipe de Mongolia) y que nos dijo que viajaba cada cierto tiempo a Beijing pues él había estudiado ahí. Él fue el primero que nos orientó acerca de la nueva capital mundial, nos habló de la calle peatonal de Quianmen y de sus tiendas lujosas que poco tenían que ver con Mao. Nos dijo que ahí había un McDonalds y otros sitios en los cuales se podía comer. No pudo darnos información acerca de si podíamos pasar a su país sin visa y, más aún, si desde ahí podíamos cruzar hasta Rusia.
Además del Príncipe de Mongolia, en la habitación estaba hospedad una mujer, una amable dama de rasgos asiáticos que pasaba ya de sus cincuenta años pero que seguía viajando alrededor del mundo. Decía ser de nacionalidad finlandesa y haber visitado ya más de cien países en los cinco continentes. Podías reírte de eso que decía pues parecía más una vagabunda-hippie que alguien con el poder de pasarse la vida viajando, pero sus fotos y su perfecto inglés te soltaban una bofetada a la cara luego de que especulabas eso. La Gurú, que fue la manera en que nosotras la llamamos, sabía lo suyo: nos dio multitud de consejos sobre cómo viajar, sobre cómo resolver problemas, sobre la vida misma… era nuestra Gurú.
La primera noche, la primera cena, nuestro primer recorrido exploratorio por la ciudad no la recuerdo, la adrenalina era tal que esos eventos no se me quedaron en la memoria. Pero al día siguiente bajamos a la planta baja del hostal dispuestas a hacer válido nuestro beneficio de que el desayuno venía incluido en el precio del hospedaje (€60 por trece noches por persona). Era un desayuno bufete que se servía en un amplio salón detrás de la recepción del hotel, en donde había alrededor de unas diez mesas para cinco personas cada una. Las empleadas del hotel sacaban los alimentos en sus charolas y los dejaban en la mesa de bufet, listos para ser consumidos por los huéspedes. Siento decir que aquella comida no era la gran cosa, pero era suficiente para llenar nuestro estómago…