Encontrar a Any en pasillo de salida del aeropuerto
internacional de Pekín fue el éxito consumado; así se sentía pisar otro
continente, así era tener razón. Aquella era la primera piedra
sobre piedra de nuestro viaje por el Transiberiano ruso, un deseo que hasta
hacía no mucho parecía quimérico. Ella, Any,
nos recibió a mí y a Lupita con una amplia sonrisa que nos revelaba que, por su
parte, sentía algo muy cercano a la felicidad. Any había llegado un día antes a
Pekín por desfases en los tiempos en que adquirimos los boletos de los vuelos;
de esta forma, ella había hecho escala en Europa y nosotras en Canadá y, aunque
nuestras rutas habían seguido trayectorias contrarias, al final se habían
encontrado, demostrando por millonésima ocasión que la forma del planeta es
esférica. Y es
que, habíamos salido con muy pocas horas de diferencia del aeropuerto de Ciudad
de México, pero por cosas de los husos horarios y la Línea Internacional de
Cambio de Fecha, Lupita y yo habíamos llegado un día más tarde que Any.
Yo y Lupita dudábamos que de que Any, la más joven e
inexperta de las tres, pudiera con la sensación de estar sola durante
veinticuatro horas en un país extraño, donde no conocía a nadie y no se hablaba
español, por primera vez en su vida; pero lo había hecho bien, bastante bien.
En el trayecto mediante el metropolitano de la nueva capital económica mundial,
Any parecía nuestra guía de turistas y no la novata en eso de viajes
continentales. En un día había aprendido tanto sobre cómo funcionaba la ciudad
de Pekín que, aquella insegura y asustada estudiante de geografía recién
entrada en sus veintes, me parecía una persona nueva de tanto entusiasmo que
derramaba. Y eso me hizo sentir positiva, una especie de confirmación de que el
cielo estaba con nosotras.
Lupita era la "hermana de en medio" del grupo: ya
era geógrafa por pergamino y ya había publicado un artículo en revista
internacional indexada, empezaba a abrirse camino en aquel mundo extraño que
sus propios habitantes llamaban la academia. Comenzaba a tomar la seguridad de
una profesional y por ello me perturbaba que, por razones que ella explicó mil
veces pero que ninguna comprendió esas mil veces que las explicó, no se hubiera
decidido a realizar el Transiberiano. Así era, Lupita solo nos iba a acompañar
hasta Pekín pues su plan era volver luego de diez días en la capital de China.
Yo por mi parte, era más arrogante que nunca pues había
triunfado en aquello de acomodar fechas, lugares y horarios; en eso de
organizar trámites, visados e itinerarios de vuelo. Había, en resumidas
cuentas, hecho empatar el sueño de un viaje con la experiencia empírica de la
vida misma. Así, el tiempo estaba calculado, no hacía falta dinero y solo había
algunos pequeños misterios en el viaje como el punto exacto por el cual
cruzaríamos la frontera entre China y Rusia, detalles sin importancia en medio
de tanto logro.
Por otro lado, yo
siempre había sido una roca inerme en cuanto al cultivo de relaciones humanas
se refiere. Solitaria, reflexiva, pocas palabras y un trato despectivo hacia
mis emociones fue siempre mi firma sobre el lienzo de la vida. Y eso me servía
en mis viajes: cuando estaba sola rodando en mi bicicleta por la carretera,
acampando desguarnecida durante la noche o vagando por las calles de distintas
ciudades en diferentes latitudes, era bueno ser un tanto antigregaria. Pero en
esa ocasión, la del Transiberiano, me acompañaría Any, una personalidad
justamente opuesta a la mía.
A Any la había
conocido unos años antes a las puertas de la biblioteca del Instituto de
Geografía de la Universidad en Ciudad de México. Ella era todavía estudiante de
licenciatura mientras que yo ya había egresado y laboraba realizando
cartografía exprés para el mercado editorial de los libros de texto escolares.
Ella comentaba a otra compañera de su generación su preocupación de no saber si
había errado en su elección de carrera al elegir geografía en lugar de diseño gráfico.
Al escuchar eso yo relacioné mi necesidad de personal para elaborar mapas con
su dilema. Me acerqué a ellas y le ofrecí a Any trabajar en nuestro equipo. Y
fue genial. Elaboramos cientos de mapas juntas durante ese periodo y en ese
proceso lleno de color, escalas y coordenadas fue que se forjó una relación que
superó diferencias, malentendidos y conflictos. No tengo presente en la memoria
el momento exacto en que le sugerí que viajara conmigo o si ella fue quién lo
apuntó, lo que sí tengo presente es que para Diciembre del 2013 ya teníamos el
bosquejo de la ruta y que soñábamos con ese recorrido legendario para todo
viajero: el Transiberiano, el tren de los zares, el de las leyendas, el
recorrido que pocos habían experimentado pero que era ampliamente mencionado en
todos los blogs y redes de viajeros del mundo, el mítico tren Transiberiano.
Así, esa primera
mitad del año 2014 nos la pasamos buscando información, armando rutas posibles
(e imposibles) y tramitando visas y pasaportes. El dinero saldría de las
regalías de uno de mis últimos libros de texto para estudiantes de secundaria
más lo que lograra juntar Any por su cuenta. Lupita llevaba su propio presupuesto
para sus días en Pekín. Dormimos una noche a la intemperie a las afueras de la
embajada de China en México y pagamos una alta cuota tan solo por cambiar de
avión en Canadá (en ese entonces los mexicanos necesitaban visa para pisar
suelo canadiense, así fuera solo el de la sala de estar de sus aeropuertos).
El pretexto del
viaje lo daba la vida académica en la que Lupita y yo ya estábamos
suficientemente involucradas, ya que habría una conferencia internacional a
principios de junio en Pekín y luego yo debía estar, a principios de agosto, en
Viena, Austria, para una estancia estudiantil de un doctorado que nunca logré
terminar. En vez de asistir a Pekín, regresar a México y pasar el verano en mi
casa, decidí que lo mejor era pasar aquel estío recorriendo Asia. En Pekín
pasaríamos trece noches antes de comenzar la peregrinación por las estepas
rusas.
Any entonces
venía haciendo de guía de turista en el metro de Beijing. Ella nos indicó que
debíamos bajar del tren en la estación Qianmen. En esa parte el metro era
subterráneo así que por unas escaleras que daban a la superficie salimos del
inframundo chino, que era muy similar al metro de la Ciudad de México en
sensaciones, prisas y aromas de cuerpo humano, y cuando salimos vimos esas
puertas… aquello fue un recibimiento a la altura de una ciudad todavía digna
del Emperador chino, eran las monumentales puertas de Zhengyang, una muralla de
ladrillos de roca de casi diez metros de alto coronadas por una especie de
pagoda de tres niveles que completaba sus 42 metros de altura totales. En el
pasado era la puerta principal de la ciudad imperial que en aquel entonces
estaba amurallada (hoy las murallas ya no están) y en el presente era el regalo
que Pekín le daba a nuestros ojos. Y es que ver esa puerta, tan distinta a lo
que habíamos visto antes, nos llenó de una vibración muy especial, la de la
aventura.
Seguíamos a Any
aunque volvíamos constantemente la mirada hacia aquella puerta; ella, Any, ya
se la había comido con los ojos unas horas antes y nos observaba satisfecha,
era la comprobación de su propia emoción. Caminamos por la avenida Meishi por
cuyas aceras caminaba un mar de gente con ojos rasgados y por cuyo pavimento se
estresaba un tráfico casi tan caótico como el de nuestra actual Tenochtitlán. En
esa avenida abundaban los puestos de comida y restaurantes. Any nos confesó que
todavía no se había atrevido a comer nada de esa, para nosotras, exótica oferta
de alimentos. Los aromas eran múltiples y despertaban el apetito.
Luego de unos
metros llegamos a nuestro hostal que era una torre de cinco pisos en color gris
con ventanales sobrios y hasta rígidos. Al edificio se ingresaba por un costado
a través de una puerta de vidrio y estructura metálica en color rojo con unas
escaleras de cantera gris como base. Unos leones chinos de piedra colocados uno
de cada lado de la escalera, parecían custodiar aquella entrada. En el costado
izquierdo, un muro de ladrillos oscuros sostenía un letrero de fondo rojo con
letras chinas en color amarillo que yo suponía decían el nombre del
establecimiento. Ya adentro, en la recepción, unas empleadas que sí hablaban
inglés, nos asignaron nuestra habitación que era compartida con otros viajeros.
Había un solo baño para aproximadamente ocho huéspedes posibles.
En aquel
momento, nuestra habitación estaba habitada por una pareja de jóvenes extranjeros,
pero el primero que se acercó a saludarnos esa tarde fue un muchacho originario
de Mongolia, de unos veintitantos años de edad, bien vestido (por eso le
llamamos entre nosotras el Príncipe de Mongolia) y que nos dijo que viajaba
cada cierto tiempo a Beijing pues él había estudiado ahí. Él fue el primero que
nos orientó acerca de la nueva capital mundial, nos habló de la calle peatonal
de Quianmen y de sus tiendas lujosas que poco tenían que ver con Mao. Nos dijo
que ahí había un McDonalds y otros sitios en los cuales se podía comer. No pudo
darnos información acerca de si podíamos pasar a su país sin visa y, más aún,
si desde ahí podíamos cruzar hasta Rusia.
Además del
Príncipe de Mongolia, en la habitación estaba hospedad una mujer, una amable
dama de rasgos asiáticos que pasaba ya de sus cincuenta años pero que seguía
viajando alrededor del mundo. Decía ser de nacionalidad finlandesa y haber
visitado ya más de cien países en los cinco continentes. Podías reírte de eso
que decía pues parecía más una vagabunda-hippie que alguien con el poder de
pasarse la vida viajando, pero sus fotos y su perfecto inglés te soltaban una
bofetada a la cara luego de que especulabas eso. La Gurú, que fue la manera en
que nosotras la llamamos, sabía lo suyo: nos dio multitud de consejos sobre
cómo viajar, sobre cómo resolver problemas, sobre la vida misma… era nuestra
Gurú.
La primera
noche, la primera cena, nuestro primer recorrido exploratorio por la ciudad no
la recuerdo, la adrenalina era tal que esos eventos no se me quedaron en la
memoria. Pero al día siguiente bajamos a la planta baja del hostal dispuestas a
hacer válido nuestro beneficio de que el desayuno venía incluido en el precio
del hospedaje (€60 por trece noches por persona). Era un desayuno bufete que se
servía en un amplio salón detrás de la recepción del hotel, en donde había
alrededor de unas diez mesas para cinco personas cada una. Las empleadas del
hotel sacaban los alimentos en sus charolas y los dejaban en la mesa de bufet,
listos para ser consumidos por los huéspedes. Siento decir que aquella comida
no era la gran cosa, pero era suficiente para llenar nuestro estómago…

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